El mito historiográfico del San Martín masón: génesis, circulación y persistencia de una narrativa sin evidencia

Un estudio crítico sobre la construcción historiográfica del “San Martín masón” y los límites entre conjetura y evidencia documental.

HISTORIA

Voces Libres

2/18/202622 min read

Introducción

La naturaleza de los vínculos entre José de San Martín y la masonería constituye uno de los debates historiográficos más persistentes y controvertidos de la historia argentina. A pesar de la ausencia de pruebas documentales concluyentes, la idea de un San Martín iniciado en logias masónicas se difundió desde fines del siglo XIX, hasta consolidarse como una narrativa aceptada por gran parte de la historiografía nacional y arraigada en el imaginario colectivo. Esta persistencia invita a pensar no solo en el contenido factual de la cuestión, sino también en los mecanismos y dinámicas que explican la formación, circulación y legitimación de ciertas interpretaciones históricas incluso cuando carecen de sustento empírico.

Se parte de una premisa metodológicamente básica: en Historia, la afirmación de un hecho requiere respaldo documental verificable, dicho de otro modo: la carga de la prueba corresponde a quien afirma. Si bien la conjetura forma parte del trabajo historiográfico, solo la evidencia positiva permite sostener con rigor una filiación institucional o una adscripción ideológica. El caso de San Martín y la masonería presenta, justamente, el escenario opuesto: existe una amplia producción historiográfica que ha afirmado categóricamente su condición de iniciado masón, pero que no encuentra correlato en las fuentes primarias. Esta afirmación se sostiene sobre fundamentos frágiles, debilidades metodológicas y mecanismos de reproducción historiográfica que permitieron su consolidación como un relato aceptado. Más que un problema biográfico, la cuestión permite observar cómo una conjetura inicial fue transformándose en mito historiográfico, mediante procesos de circulación, legitimación y apropiación simbólica que revelan aspectos más amplios sobre la construcción del conocimiento histórico y los criterios de verdad en la disciplina.

Génesis del mito

Según relata Horacio Juan Cuccorese (1993, p. 87) “hasta 1876 no se menciona a San Martín dentro de la masonería argentina”, ni siquiera figuraba la Lautaro en la Revista Masónica Americana -famosa por publicar listados de logias regulares-. Según el mencionado autor, la primera asociación de San Martín con la masonería fue de forma indirecta, ya que se dio cuando Adolfo Saldías relaciona la Logia Lautaro con dicha institución, aunque sin nombrar a San Martín.

El mito -ya que no había evidencia de lo que se afirmaba- comenzó a gestarse de manera tardía y sin documentos ni testimonios de sus contemporáneos. En la conmemoración del centenario del natalicio del General, desde las páginas de algunos diarios de la época comenzaron a sindicarlo como masón. Héctor Florencio Varela publica, en el año 1878, en El Porteño un escrito titulado “San Martín”, donde lo asocia a la masonería, sin presentar prueba alguna tampoco.

El proceso de mitificación se inicia con alusiones imprecisas y carentes de fuentes verificables en publicaciones periódicas y discursos políticos. En este contexto, la figura de San Martín comenzó a ser utilizada con fines ideológicos, lo que favoreció la atribución de una supuesta pertenencia iniciática. En la disputa parlamentaria sobre la educación laica en 1883 hubo discusiones respecto al tema. Este fue un punto de inflexión, ya que la cuestión tuvo relevancia pública. Aquellos diputados que sostenían su filiación, como Emilio Civit, eran los que defendían la educación laica. En tanto que Pedro Goyena, quien negaba su filiación, era detractor de las leyes laicas y defensor del pensamiento católico. Es posible encontrar aquí un inicio sesgado del debate, más tendiente a favorecer un relato ideológico político, que a encontrar la verdad histórica sobre la cuestión. Este debate es un ejemplo temprano de cómo el uso político de la figura del Libertador comenzó a oscurecer los límites entre el análisis historiográfico y la apropiación simbólica, iniciándose así un recorrido repleto de argumentos improcedentes, sobreinterpretaciones, afirmaciones sin sustento y repeticiones.

El mito del San Martín masón, por tanto, no surgió inmediatamente después de su muerte ni se apoyó en documentación contemporánea, sino que comenzó a configurarse tardíamente, hacia el último cuarto del siglo XIX. No existen testimonios directos de sus contemporáneos que lo vinculen con la masonería regular, y resulta significativo el silencio de su primer gran biógrafo, Bartolomé Mitre, quien, paradójicamente, fue un reconocido miembro de la masonería argentina.

Expansión y consolidación: el mito a lo largo de la historiografía argentina

La discusión sobre la presunta filiación masónica de San Martín, lejos de ser secundaria u ociosa -como la calificó José María Rosa (1973, t. 2, p. 364), ha ocupado un lugar transversal en la historiografía nacional desde finales del siglo XIX. La idea del San Martín masón se encuentra, hoy en día, ampliamente difundida en ámbitos académicos y en la cultura popular, logrando una consolidación en tanto relato casi incuestionable a pesar de la ausencia de pruebas documentales concluyentes. Este proceso de asentamiento en el imaginario colectivo puede analizarse a través de las líneas argumentales adoptadas por ciertos historiadores y, fundamentalmente, por las debilidades metodológicas que permitieron que la afirmación sin sustento se transformara en una verdad aceptada.

En términos generales, el debate historiográfico se articula en tres grandes grupos de posturas:

1. Quienes afirman su pertenencia: Basándose en asociaciones simbólicas o vínculos personales, algunos sostienen que hay evidencia que lo demuestra, como Fabián Onsari (1951) y Enrique de Gandía (1994). Otros, aun reconociendo la falta de documentación, también lo afirman categóricamente, tal es el caso de Alcibíades Lappas (1982).

2. Quienes rechazan la filiación: Apoyándose en la ausencia de documentación probatoria, la religiosidad católica del General y la no pertenencia institucional de la Logia Lautaro -y otras- a la masonería regular, como Armando Tonelli (1944), Guillermo Furlong (1982), Horacio Juan Cuccorese (1993) y Enrique Díaz Araujo (2001),

3. Quienes lo suponen masón, pero sin documentación: Reconocen la ausencia de pruebas fehacientes, pero mantienen la posibilidad o probabilidad de su iniciación, como Ricardo Rojas (1950) y Rodolfo Terragno (2001).

La consolidación del mito en el discurso histórico se debe, en gran medida, a los argumentos del primer grupo y a la circularidad bibliográfica que estos generaron, sobre todo en autores extremadamente representativos de la historiografía argentina, que basándose en los argumentos de los mencionados y, sin dedicarle centralidad al debate, sostuvieron la iniciación masónica de San Martín prescindiendo de los argumentos y de las evidencias correspondientes. Estos autores son, por ejemplo, José Pacífico Otero (1932), Tulio Halperín Donghi (1972) y José María Rosa (1973).

La construcción del mito: argumentos afirmativos y sus falencias

Los autores que sostuvieron la filiación masónica de San Martín, al carecer de documentos directos (como actas de iniciación o correspondencia explícita), basaron su tesis en interpretaciones forzadas y conjeturas sin respaldo. Estos argumentos, repetidos acríticamente, constituyeron -y constituyen- los pilares del mito:

1. La equiparación de la Logia Lautaro con la Masonería regular

El argumento más replicado es la identificación automática de la Logia Lautaro con la masonería regular. Historiadores como Gandía (1994) llegaron a negar rotundamente la existencia de logias no masónicas, incurriendo en la tendencia del panmasonismo (Cuccorese, 1933, p. 10) -la propensión a identificar rastros masónicos en toda figura o proceso asociado a ideales revolucionarios-.

Esta postura ignoró sistemáticamente las distinciones metodológicas aportadas por otros autores, incluidos masones de alto grado como Bartolomé Mitre (1887) y Martín V. Lazcano (1927, p. 53). Este último, por ejemplo, afirmó que la Lautaro actuaba con absoluta independencia de cualquier autoridad extranjera (Gran Oriente) debido a su carácter de sociedad política de orden local, como así también que no poseía rituales específicos y exclusivos de la masonería regular. Incluso José Pacífico Otero (1932, t. 1, p. 199), quien sí afirmaba la iniciación masónica de San Martín, fue tajante al negar que la Logia Lautaro fuese masónica, definiéndola como una entidad política. Al ignorar esta distinción esencial (entre la forma organizativa y la naturaleza institucional), los autores panmasonistas convirtieron la participación de San Martín en una logia política en una prueba de su filiación masónica.

2. La certeza infundada sobre iniciaciones en Europa

Gran parte de la historiografía afirmativa se apoya en la supuesta iniciación de San Martín en logias europeas, como en Cádiz o Londres. Historiadores de renombre como Tulio Halperín Donghi (1972, p. 254) o José María Rosa (1973, t. 2, pp. 364-365) afirmaron categóricamente esta iniciación, aunque lo hicieron de forma muy breve y sin citar documentos respaldatorios. Rosa, por ejemplo, sostuvo que discutirlo era "ocioso" -tal como se mencionó anteriormente- a pesar de su propia falta de prueba. Esta metodología invertida -donde la conclusión precede al análisis- distorsiona el trabajo historiográfico. Alcibíades Lappas (1982, p. 22), por su parte, llegó a detallar la iniciación de San Martín en 1808 en la logia Integridad N°7, sin citar la fuente primaria, y reconociendo más adelante que no hay diploma masónico ni testimonios de dicha iniciación. Hay que tener en cuenta que muchas de las logias citadas -y en las que presuntamente se afilió San Martín- también eran sociedades políticas, tal como lo afirma Fray Servando Teresa de Mier en sus memorias (1917).

La repetición de estas afirmaciones no fundamentadas por parte de historiadores de fuste generó una ilusión de consenso, clave para el afianzamiento del mito.

3. Sobrevaloración de indicios débiles

La construcción del mito también se sostuvo en la sobrevaloración de prácticas simbólicas y la confusión entre amistad personal y filiación institucional.

• Amistades masónicas: Se argumentó que la cercanía de San Martín con masones conocidos (como James Duff) probaba su filiación. Esta es una falacia de falsa asociación, ya que la afinidad política o social no implica membresía institucional. Es sabido que San Martín, como muchos otros, compartieron espacios con masones en el marco de la lucha por la emancipación sudamericana -y anteriormente durante la guerra de Independencia española[1]-, sin embargo, esa coincidencia no implica necesariamente identidad ideológica o doctrinaria. La heterogeneidad del movimiento independentista, que reunió a católicos, deístas, liberales, monárquicos moderados y republicanos radicales, muestra que la afinidad política no se tradujo indefectiblemente en una misma pertenencia institucional.

• Lenguaje epistolar: El uso de términos como "amigo" o "hermano" en la correspondencia de San Martín (dirigida incluso a su suegra o a caciques indígenas, quienes no eran miembros de la masonería) fue interpretado como un código masónico. Este análisis ignora que tales términos formaban parte del lenguaje afectivo y político habitual de la época. El propio Bartolomé Mitre, masón grado 33, no se percató de estas supuestas señales “indudablemente” masónicas. San Martín, utilizaba asiduamente estos términos para referirse a innumerables personas, tal como se puede observar y analizar en su extenso acervo epistolar.

• Deísmo: La supuesta inclinación deísta de San Martín también fue forzado como argumento. Esta lectura ignora su probada y coherente religiosidad católica (pública y privada). Una carta suya a Tomás Godoy Cruz del 24 de mayo de 1816 se presenta como paradigmática en este análisis sobre la convicción religiosa del General. En dicha carta manifiesta sus preocupaciones respecto a la forma de gobierno que se adopte una vez declarada la independencia: “¿Si por la maldita educación recibida no repugna a mucha parte de los patriotas un sistema de gobierno puramente popular, persuadiéndose tiene este una tendencia a destruir nuestra religión?” (DHGSM, t. 3, p. 452). Esta expresión puede interpretarse como una preocupación por preservar la religión católica frente a una posible radicalización política inspirada en modelos como el francés, más que como una manifestación de simpatía por posiciones deístas o anticlericales. Los ejemplos sobre su religiosidad podrían multiplicarse, lo que vuelve difícil sostener la hipótesis de una inclinación deísta sin forzar la lectura de fuentes.

• Secretismo: El carácter reservado del libertador constituye otro argumento forzado. La virtud de la discreción no implica necesariamente un secretismo masónico. Al respecto, Martín Lazcano -masón grado 30- (1927, p. 312) afirmó “que la escrupulosidad atribuida al General San Martín respecto al «secreto masónico» era muy relativo, por estar subordinado a las conveniencias o necesidades del movimiento al servicio de la santa causa libertadora”. Así, podemos concluir que esta virtud personal de San Martín no puede considerarse una prueba suficiente -ni siquiera circunstancial- de una supuesta filiación masónica, sino más bien una característica vinculada a las exigencias políticas y militares de su tiempo.

En definitiva, los argumentos afirmativos tratados no logran superar el umbral mínimo de demostración exigible a una afirmación historiográfica. La falta de documentación directa no es compensada por indicios sólidos o contundentes, sino más bien por asociaciones carentes de sentido lógico y que llevan a construcciones artificiales de causalidad, así como también de inferencias débiles que terminan por erosionar la consistencia del planteo. Esta constatación no agota el problema, obliga, por el contrario, a preguntarse por qué una afirmación carente de respaldo documental logró mantenerse y reproducirse a lo largo del tiempo.

Mecanismos de persistencia del mito

La perdurabilidad del mito del San Martín masón no puede explicarse únicamente por los errores metodológicos de algunos historiadores o por la aparición tardía de la cuestión. Su supervivencia a lo largo de más de un siglo delata la existencia de mecanismos más profundos mediante los cuales ciertas narrativas históricas se estabilizan incluso en ausencia de evidencia documental. Estos mecanismos, de naturaleza simultáneamente historiográfica y simbólica, permiten entender por qué la idea de la filiación masónica del Libertador ha logrado mantenerse como una cuasi verdad en el imaginario colectivo y en parte de la producción académica.

1. La circularidad bibliográfica: la construcción del consenso artificial

Uno de los mecanismos más frecuentes que permitió el asentamiento del mito fue la circularidad bibliográfica. Este fenómeno describe el proceso por el cual historiadores sucesivos afirman la filiación de San Martín, citando como respaldo a autores anteriores, sin que ninguno de ellos haya recurrido o aportado jamás una fuente primaria que avale dicha afirmación.

Autores como los citados José María Rosa y Tulio Halperín Donghi, afirmaron categóricamente que San Martín fue iniciado en la masonería, a pesar de mencionar el tema brevemente y sin citar los documentos respaldatorios. Halperín Donghi, por ejemplo, sentenció que San Martín había sido “miembro de organizaciones inequívocamente masónicas” (1972, p. 254), sin explicitar las fuentes que darían por terminado el debate.

El problema reside en que las aseveraciones de historiadores de este calibre comenzaron un proceso donde la repetición acrítica de afirmaciones no fundamentadas se impuso al rigor documental. Si los profesionales más prestigiosos de la historiografía nacional lo afirmaban, esta supuesta "verdad" se replicó con más razón en manuales escolares, medios de comunicación y en la cultura popular. Una vez instalada como posibilidad verosímil, la filiación masónica empezó a operar bajo una lógica de inercia narrativa en la que el mito dejó de depender de quienes originalmente lo afirmaron, sino del propio circuito de transmisión cultural.

Este ciclo vicioso generó una ilusión de consenso, también conocida como consenso por repetición. Cuando una tesis se repite con suficiente contundencia y a través de diversas generaciones historiográficas, su veracidad deja de ser cuestionada y se consolida como una verdad incuestionable en ciertos ámbitos académicos y en la cultura popular. La carencia de prueba se suple con la autoridad del historiador citado, lo que aproxima el trabajo histórico a una conjetura o a una proyección ideológica.

2. Funcionalidades Simbólicas: La Disputa por la Identidad del Prócer

La constancia del mito se debe a que este cumple importantes funciones simbólicas e identitarias para diversas corrientes de pensamiento. La disputa sobre la filiación de San Martín es, en el fondo, una lucha por la apropiación de un símbolo político y moral de la nación.

El Panmasonismo y el sesgo identitario

La elaboración del San Martín masón es un ejemplo de mitología historiográfica impulsado, en gran medida, por el ya mencionado panmasonismo, definido como la "tendencia sistemática, acusada y firme" (Cuccorese, 1993, p. 10) a identificar vestigios masónicos en toda realidad o figura asociada a ideales ilustrados o revolucionarios, busca inscribir al prócer en una genealogía simbólica que legitime a la institución masónica.

Historiadores como Enrique de Gandía y, posteriormente, representantes de la masonería argentina, han impulsado esta visión, aseverando sin pruebas que San Martín fue masón para reflejar -tal como tempranamente advertiría Martín Lazcano- "un timbre de gloria para la institución masónica argentina" (1927, t. 1, pp. 263-264). Esta operación de filiación retrospectiva se nutre de la necesidad de validación contemporánea, utilizando la figura de San Martín para proyectar una identidad deseada.

Enrique de Gandía afirmaba que todos los personajes que impulsaron la independencia hispanoamericana eran miembros de la masonería, incluso llegó a sostener que “medio Buenos Aires se convirtió a la masonería” (1994, p. 123).

En la actualidad, basta con recurrir a entrevistas o notas periodísticas realizadas al Gran Maestre de la masonería argentina, Pablo Lázaro, en diversos medios de comunicación. En ellas, sostiene que tanto San Martín como los miembros de la Primera Junta y otros personajes centrales de la historia nacional habrían sido masones. Cabe señalar, no obstante, que en algunos casos -como el de Martín Miguel de Güemes- reconoce no contar con registros que permitan confirmarlo[2].

Este proceder constituye un ejemplo paradigmático de la lógica panmasonista y, al mismo tiempo, refuerza la tesis que aquí se sostiene: la construcción mitológica del San Martín masón. Ello se debe a la inconsistencia metodológica que subyace a estas afirmaciones, donde el criterio para afirmar, negar o dudar parece variar según el personaje en cuestión. En efecto, cuando se carece de registros sobre la pertenencia masónica de un sujeto, la filiación no se afirma; sin embargo, San Martín aparece como una excepción a esa regla.

El Pancatolicismo y el sesgo apologético

Como contracara del panmasonismo, la negación de la filiación masónica de San Martín se ha enmarcado a menudo en un sesgo apologético, que responde a una funcionalidad similar: la necesidad de preservar la imagen del prócer como católico ejemplar y patriota intachable. Esta tendencia, que podría denominarse pancatolicismo (Tejeda, 2025. P. 77), asocia las virtudes personales y los éxitos históricos del Libertador a su probada religiosidad católica.

Autores como Armando Tonelli (1944) y Guillermo Furlong (1982) se apoyaron fuertemente en el catolicismo del General para argumentar la incompatibilidad per se con la masonería. En este marco, Tonelli llega a plantear: “Si no hay documentos sobre el masonismo de San Martín y, en cambio, existen pruebas fehacientes sobre su catolicismo… ¿por qué ese empeño en querer hacerlo pasar por masón?” (1944, p. 13). La estructura de la formulación supone que la comprobada religiosidad católica de San Martín bastaría para descartar la pertenencia institucional a la masonería. Sin embargo, desde una perspectiva historiográfica, la demostración del catolicismo del Libertador -hecho ampliamente documentado- no constituye, por sí misma, una prueba negativa respecto de una eventual filiación masónica, por más que doctrinalmente, ambas instituciones posean diferencias insalvables.

Tanto el panmasonismo como el pancatolicismo, aunque ideológicamente contrapuestos, comparten una misma debilidad metodológica: la tendencia a encuadrar a San Martín dentro de un relato identitario previamente definido, aún a costa de simplificar los matices históricos y de subordinar la investigación empírica a la preservación de, según sus criterios, una imagen intachable del prócer.

Finalmente, el debate masónico-católico en torno a la figura de San Martín trascendió el ámbito estrictamente historiográfico y se proyectó como un instrumento de apropiación ideológica y política. Desde sus orígenes tardíos, la cuestión fue utilizada para ponderar relatos identitarios contemporáneos, en los que el prócer funcionó como recurso simbólico de legitimación. En este sentido, la politización temprana del mito del San Martín masón no tuvo como objetivo prioritario la búsqueda de la verdad histórica, sino la validación de posturas ideológicas propias del presente, operación que constituye un error historiográfico grave -aunque no infrecuente- y que contribuyó decisivamente a la consolidación del mito.

3. El salto de la conjetura a la certeza

Más allá de los mecanismos de repetición y legitimación externa, el problema del mito del San Martín masón remite a una cuestión más profunda: el modo en que ciertas conjeturas fueron transformadas en afirmaciones históricas sin atravesar un proceso de verificación adecuado. En este punto, la atención ya no debe centrarse en la circularidad del relato, sino en las fallas del razonamiento historiográfico que permitieron el pasaje de lo posible a lo afirmado, de la hipótesis a la certeza.

El problema del rigor selectivo y la metodología invertida

Uno de los rasgos más notorios de los trabajos que sostienen la filiación masónica de San Martín es la aplicación de un rigor selectivo en el tratamiento de las fuentes. Mientras que la ausencia de documentación directa no impide la afirmación de la pertenencia masónica, esa misma carencia es utilizada, en otros casos, como argumento suficiente para descartar filiaciones similares en figuras contemporáneas. Estamos ante un uso asimétrico del criterio documental, el cual introduce una distorsión metodológica significativa: la exigencia de prueba no es constante, sino funcional a la conclusión buscada.

Asociado a ello, se observa con frecuencia un procedimiento metodológico invertido. En lugar de partir del análisis de las fuentes para arribar a una conclusión, la afirmación de la filiación precede a la investigación y condiciona la lectura posterior del material disponible. La búsqueda de indicios no se orienta a poner a prueba una hipótesis, sino a reforzar una certeza previamente asumida, alterando el orden lógico del razonamiento histórico y convirtiendo la investigación en una instancia de confirmación, más que de verificación.

El uso extensivo de indicios débiles y asociaciones espurias

Otro problema recurrente reside en el tratamiento de los indicios. Elementos como la pertenencia a logias políticas, el uso de ciertos símbolos, las redes de sociabilidad o la coincidencia ideológica con figuras masonas son utilizados como sustitutos de la prueba documental. Sin embargo, estos elementos, aun cuando puedan ser correlativos, no permiten establecer una relación causal ni institucional. El paso de estos indicios a la afirmación de una filiación regular supone un salto inferencial que no se encuentra debidamente justificado.

En este punto, el razonamiento incurre en asociaciones espurias, donde la proximidad simbólica o contextual es interpretada como sinónimo de pertenencia. La confusión entre afinidad ideológica, sociabilidad política y membresía institucional termina por diluir las diferencias entre planos analíticos distintos. El resultado es presentar como demostrado lo que apenas es conjetural, es decir que lo posible adquiere el estatus de probado sin haber atravesado el correspondiente proceso de corroboración.

La equiparación entre verosimilitud y verdad histórica

Un tercer aspecto problemático es la tendencia a equiparar verosimilitud con verdad histórica. La afirmación de que la filiación masónica de San Martín “resulta plausible” o “no sería extraña en el contexto de la época” es utilizada, en numerosos trabajos, como un argumento implícito a favor de su veracidad. Sin embargo, la plausibilidad contextual no constituye una prueba histórica. Que un hecho sea posible o coherente con el período no habilita, por sí mismo, a afirmarlo como ocurrido.

Esta confusión entre lo verosímil y lo verdadero constituye un criterio laxo de validación historiográfica. En lugar de funcionar como una hipótesis abierta a contrastación, la conjetura se erige en afirmación, desplazando el eje del análisis desde la evidencia hacia una probabilidad subjetiva.

La dilución de la carga de la prueba

Finalmente, en muchos de los argumentos afirmativos se advierte una inversión implícita de la carga de la prueba. En lugar de exigir demostración a quien afirma la filiación masónica, la responsabilidad recae en quienes la cuestionan, sugiriendo que la negación debería probarse o que el silencio documental no es suficiente para descartar la pertenencia. Sin embargo, en Historia, la afirmación de un hecho requiere prueba positiva, y no su refutación en ausencia de ella. La aceptación del criterio contrario abriría la puerta a una expansión ilimitada de afirmaciones no verificables, donde el archivo dejaría de operar como límite del conocimiento histórico, degradando la disciplina a un mero género literario.

Posición historiográfica y reflexiones finales

La revisión del surgimiento, expansión y persistencia del mito del “San Martín masón” permite formular una posición historiográfica que, a la vez que toma distancia de afirmaciones no documentadas, reconoce la complejidad de los procesos mediante los cuales ciertas narrativas se consolidan en la tradición histórica. La ausencia total de documentos que acrediten una filiación masónica regular -sumada a la aparición tardía del relato y a la reiteración acrítica de argumentos débiles- obliga a adoptar una actitud de prudencia metodológica: es legítimo considerar la hipótesis como una conjetura posible dentro de las prácticas de sociabilidad política del período, pero no es válido sostenerla como un hecho histórico. La distancia entre hipótesis, verosimilitud e historicidad constituye, en este caso, el núcleo del análisis y el punto de partida para una reflexión más amplia sobre los criterios de verdad en la disciplina histórica.

En este sentido, sostengo que la figura de un San Martín masón pertenece al campo de los mitos historiográficos antes que al de los hechos comprobados. No porque sea intrínsecamente imposible, sino porque no existe ningún indicio documental que permita considerarlo un hecho. La investigación de archivo -incluyendo los Documentos para la Historia del General San Martín, los fondos sanmartinianos, las memorias y testimonios de sus contemporáneos y las actas conservadas por obediencias masónicas- no ha producido ninguna evidencia que respalde la iniciación del Libertador en logias regulares.

El análisis de la historiografía muestra con claridad que la fuerza del mito no proviene del documento, sino de la autoridad textual: la reiteración por parte de autores influyentes funciona como reemplazo de la prueba. Este fenómeno, descrito aquí como circularidad bibliográfica, ha permitido que afirmaciones sin sustento se integren a la tradición narrativa nacional, al sistema educativo y a la divulgación cultural. La reproducción de estas ideas -amparadas en el prestigio del autor- delata un problema recurrente en la disciplina: cuando un argumento es repetido el tiempo suficiente por voces con legitimidad pública, adquiere apariencia de verdad histórica incluso si carece por completo de respaldo documental. Este caso representa, por tanto, un ejemplo paradigmático de cómo opera la transmisión acrítica dentro de la historiografía.

Desde esta perspectiva, la responsabilidad del historiador consiste en distinguir aquello que puede afirmarse con fundamento de aquello que solo puede sostenerse como posibilidad abierta. Reconocer los límites del conocimiento histórico no implica debilitar el análisis, sino fortalecerlo. La disciplina se sustenta precisamente en la capacidad de evaluar críticamente la calidad de las fuentes, el grado de certidumbre que permiten alcanzar y el tipo de afirmaciones que pueden derivarse legítimamente de ellas. En el caso del San Martín masón, la distancia entre el archivo y el relato nos interpela para tener en cuenta que lo posible no equivale a lo probado. La historia no se construye sobre conjeturas perennes, sino sobre documentación verificable.

Al mismo tiempo, este caso permite reflexionar acerca de las funciones culturales y políticas que los mitos cumplen en la construcción del pasado. La apropiación de San Martín por parte de sectores masónicos y antimasónicos a lo largo del siglo XX respondió a necesidades simbólicas específicas, vinculadas con disputas identitarias, debates educativos y proyectos ideológicos. En ese sentido, el mito no es un mero error factual, sino un elemento activo de la cultura histórica argentina. Su persistencia se explica menos por la solidez de las pruebas que por su utilidad para distintos horizontes interpretativos. Siguiendo a Régine Pernoud, podemos afirmar que el mito histórico no es simplemente falso: es, sobre todo, funcional. Comprender esta funcionalidad permite desarmarlo sin reducirlo a una anomalía, situándolo en el terreno de las narrativas que emergen cuando la historia se emplea como herramienta política o cultural.

Las conclusiones de este trabajo, por tanto, no se limitan a negar la filiación masónica de San Martín, sino que buscan mostrar por qué esta narrativa se sostuvo durante más de un siglo. El análisis sugiere que la combinación de silencio documental, apropiación simbólica y reproducción acrítica generó un relato sostenido más por tradición que por evidencia. De allí se desprende una propuesta metodológica para la historiografía argentina: la necesidad de revisar críticamente aquellas afirmaciones heredadas que se apoyan en la autoridad de autores previos sin retornar a las fuentes primarias. La historia, entendida como disciplina, exige este ejercicio de constante verificación.

Referencias

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Tonelli, A. (1944). El General San Martín y la masonería. Buenos Aires.

[1] Gran parte de los contactos británicos y/o masones que hizo San Martín fueron durante el conflicto de España con la Francia napoleónica, en el cual Gran Bretaña fue un aliado circunstancial de la España invadida. Conviene que recordar que Beresford, quien comandó la primera invasión inglesa a Buenos Aires, combatió unos años después junto a fuerzas españolas contra los franceses. Las alianzas y amistades deben entenderse de forma contextualizada y pragmática y no a partir de lecturas anacrónicas que los presentan como cambios de lealtad, subordinaciones políticas o pruebas de supuestas filiaciones ideológicas, interpretaciones que responden más a posicionamientos doctrinarios que a un análisis histórico riguroso. El propio San Martín, pese a haber mantenido vínculos con ciertos personajes británicos, manifestó al general Iriarte en 1830 -según consta en sus Memorias (1944, p. 160)- que era necesario “perseguir con tesón al círculo británico (en Buenos Aires) hasta anularlo”.

De este modo, los contactos circunstanciales no pueden interpretarse como indicios de subordinación política ni como pruebas de una adhesión ideológica permanente, sino como parte de una lógica de relaciones marcada por la coyuntura y las necesidades estratégicas del momento.

[2] https://www.tiktok.com/@bardeo.news/video/7587076343582444812?_r=1&_t=ZM-92Te92AaPge