La Falsificación de la Historia
Reflexiones de Regine Pernoud
HISTORIA
Voces Libres
2/18/20264 min read


Un Muchacho se presentó un día en mi despacho de los Archivos Nacionales con el deseo a someterme una memoria que había compuesto sobre los cátaros. La lectura de alguna de las páginas me indujo a preguntarle sobre su formación como historiador; resultó, en efecto, que había manejado bastante poco las fuentes auténticas. Mi pregunta provocó un sobresalto indignado: <<Yo cuando hago historia no es para saber si tal o cual hecho es exacto o no; yo busco en ella lo que puede promover mis ideas.>>
La respuesta se imponía: <<Entonces, querido señor, ¿por qué se dedica a la historia? ¡Dedíquese a la política, a la novela, al cine, al periodismo! La historia sólo tiene interés si es búsqueda de la verdad; desde el momento en que es otra cosa deja de llamarse historia.>> El joven se marchó decepcionado y, al parecer, extremadamente irritado.
La Historia es el estudio paciente de documentos a menudo muy áridos, pero siempre concretos, rastros de hechos vividos por personas vivas, poco dispuestas a plegarse a teorías prefabricadas o a obedecer a estadísticas determinadas.
Probablemente es uno de los errores capitales de nuestro tiempo: creer que la Historia se hace en nuestros pequeños cerebros, que se puede construir a gusto del consumidor. Era perfectamente típica la actitud de aquel escritor que, en una discusión sobre los orígenes de Cristóbal Colón, dijo a la historiadora Marianne Mahn-Lot: <<Su tesis tal vez sea la verdadera, pero ¡deje a las personas su libertad de pensamiento!>>. Sin duda hubiésemos confundido a este señor preguntándole la hora que era. Si hubiese respondido: <<Las ocho y media>>, se le hubiera podido replicar: <<Déjeme mi libertad de pensamiento: yo sostengo que son las tres de la madrugada>>.
Es imposible negar la Historia de un modo más ingenuo o más desvergonzado. La libertad de pensamiento, que la Historia implica y necesita como toda investigación científica, no puede en ningún caso confundirse con las fantasías intelectuales de un individuo, dictadas por sus opciones políticas, sus opiniones personales o sus impulsos del momento, o más simplemente por el deseo de escribir un volumen de gran tirada. La Historia tiene su campo propio. Cesa de existir si deja de ser investigación de lo verdadero, basada en documentos auténticos; se evapora literalmente; mejor dicho: no es más que un fraude y mistificación. Ésta es la ocasión de citar la bella definición de Henri-Irénée Marrou: <<Hombre de ciencia, el historiador se encuentra como delegado por sus hermanos los hombres en la conquista de la verdad[1]>>
¡Es tan fácil manipular la Historia, consciente o inconscientemente, para el uso de un público que no la conoce! Todos los días, o casi, tenemos testimonios de ello en la televisión. Cuando los acontecimientos narrados son lo bastante recientes como para que su deformación en la pantalla pueda rectificarse, el daño es poco. Pero cuando un autor ataca la cuestión albigense, por ejemplo, ¿Cuántos están en condiciones de protestar? Puede, alegremente, hacer vivir veinte años más a un Santo Domingo, confundir a un determinado personaje por otro y componer un tejido de errores que deja atónito al especialista, al que no le quedará otro recurso que una crítica meramente confidencial en una revista erudita. La Edad Media es una materia privilegiada: se puede decir de ella lo que se quiera con la casi certeza de que nadie lo desmentirá.
Para limitarme a un ejemplo muy característico, aunque pertenezca a la Historia reciente y no a la Edad Media, referiré un caso que viví no hace mucho (1974) en unas condiciones que se pueden considerar ejemplares. Un guionista de cine se presentó en los Archivos Nacionales en busca de la documentación referente al atentado de Damiens contra Luis XIV. Este guionista empezó solicitando que se le dejara ver el registro del Parlamento «cuyas páginas habían sido arrancadas». En efecto, todos los historiadores desde Michelet —más exactamente, desde Ravaisson, que le precedió— han contado que las páginas que contenían las deliberaciones del Parlamento sobre el asunto Damiens habían sido arrancadas; pues bien, a la vista del registro auténtico, pudimos constatar que éste estaba perfectamente completo, que las páginas se sucedían en su paginación primitiva, irreprochablemente, y que en ellas se reproducían las deliberaciones sin adiciones ni sustracciones perceptibles. Michelet escribió también que de los cuerpos del delito de este proceso no quedaba más que «un pobre andrajo rojo», la camisa de Damiens. De hecho, el Gabinete de cuerpos de delito de los procesos del Estado de los Archivos Nacionales conserva entero, aunque muy comido por las polillas, el traje de Damiens —sencillo para la época, pero que, hecho de pura lana, admirablemente tejido, cuidadosamente cosido y adornado, sería para nuestros días una verdadera obra maestra de gran sastre, con chaleco, chorrera, un guante, etc. — El error, de hecho, es fácilmente detectable: proviene de un primer «historiador» que se hizo eco de chismes de la corte según los cuales el atentado de Damiens fue, diríamos nosotros, teledirigido por altos personajes que habían querido sustraer su nombre a las deliberaciones. Simple fábula sin consistencia que se ve desmentida por el estado de los registros, igual que de las minutas, todo ello, lo repito, absolutamente completo, sin la menor laguna.
La vida del medievalista se podría consumir corrigiendo errores, pues casi siempre los hechos, los textos de la época, desmienten las leyendas acumuladas desde el S. XVI y difundidas sobre todo a partir del S. XIX. Es muy raro poder abordar un tema sin tener que rectificar las fábulas que se han suscitado.[2]
Y ciertamente, adentrarse a los estudios de la Historia no se puede tomar a la ligera, es un saber que implica, necesariamente, un rigor analítico destacable. El lanzarse a hipotetizar sobre acontecimientos, procesos o personajes, sin un mínimo sentido histórico o evidencia documental, lleva a los peores errores que nos podamos imaginar. Sin embargo, aún peor es tergiversar la historia a propósito, como aquél joven que escribió sobre los cátaros.
Fuente: “Para acabar con la Edad Media”. Regine Pernoud.
[1] Marrou. Del Conocimiento histórico.
[2] Pernoud, Regine. “Para acabar con la Edad Media”. 1998.